Cuarteto en bici por el Canal du Midi (III)

…o agosteando 11

Día 3.  De Deyme a Castelnaudary

El lunes amaneció asoleado aunque muy fresquito, tal como estuvo la noche, y Amanda se despertó un poco constipada: alerta para el equipo. Al salir del camping, después de recoger campamento, cosa que nunca hicimos tan rápido como queríamos, nos conseguimos con un amable mensaje que nos advertía pronóstico de lluvia. Segunda alerta del día.

Sin miedo ni temor, salimos del camping y regresamos al Canal du Midi. Pasamos varias áreas de descanso, generalmente cerca de las esclusas, en las que había agua potable, mesas para comer e incluso algún lavabo. Aún a 38 km de Toulouse nos paramos porque las niñas ya comenzaban a agobiarse, para comer las últimas magdalenas hechas en casa con la receta del pastel de plátano de la tía Adri. Ahí pudimos ver por primera vez una esclusa del canal en funcionamiento, ya que los dos días anteriores las habíamos pasado al medio día y sobre las 5 de la tarde, cuando están cerradas. Era la esclusa de Gardouch, construida en 1670. Asombroso, aunque luego no paramos de verlas.

A pesar de las múltiples paradas, de la llovizna que comenzó pronto y de las temperaturas, que bajaban en lugar de subir (o tal vez porque estos dos últimos motivos nos hicieron ‘ponernos las pilas’), llegamos a buena hora a Castelnaudary, siempre por caminos de tierra en muy bien estado, aunque fue la etapa que más me costó porque yo también me sentía un poco tocada por la bajada de las temperaturas.

¡Oh, qué pena! ¡la fete du cassoulet comenzaba dos días después!

El camping municipal de Castelnaudary queda al otro lado del canal, pero hay que entrar a la ciudad y dar una vuelta para llegar hasta él, lo que acabó de agotarme. Es pequeñito y, a pesar de que eran las 5 de la tarde, ya sólo quedaba una plaza disponible, así que tuvimos suerte. Doble suerte, porque ya otro campista nos había ofrecido que, si llegaba a hacer falta, nos quedáramos junto a su tienda pues tenía espacio de sobras. Por cierto, este espíritu de colaboración nos acompañó durante toda la ruta.

Antes del anochecer y de que cerraran las tiendas, Mauricio se fue a reforzar provisiones. Pronto descubrió que en muchos supermercados de Francia es posible conseguir productos orgánicos a precios iguales o incluso menores que los de España. De cualquier modo, tampoco fuimos muy exigentes sino que en general apostamos por la comida simple, sencilla y en lo posible local. En esta excursión se cruzó con una pareja, Lucía y Flavio, que habíamos conocido ese mismo día por el camino. Estaban tan tranquilos tomando café con otros viajeros, así que les invitó a acampar en nuestra plaza, tal como nos habían ofrecido a nosotros poco antes, y los recibimos con mucho gusto. Si te animas a hacer esta ruta, toma en cuenta los horarios y ten presente también que justo al lado del canal hay una amplísima área de césped en la que muchos acampan libremente al final del día. Y apostaría que la mayoría también utiliza los servicios del camping sin problemas.

Día 4.  De Castelnaudary a Carcassonne

Por la mañana subimos al casco histórico de la ciudad y, siguiendo los consejos de una caminante, llegamos hasta el Molin de Cugarel, un hermoso molino del siglo XVII, que está en un espectacular mirador en la parte más alta de la ciudad. Lo conseguimos abierto, y Amanda y yo no perdimos la oportunidad de subir a ver toda su maquinaria, que algún día sirvió para moler cereales.

Molino en lo alto de Castelnaudary

Después de dar una vuelta a la ciudad, compramos un hermoso pan y nuestros primeros croissants (pequeños pecados de un agosto a la francesa). El mal tiempo parecía haberse esfumado y cuando partimos de nuevo hacia el Canal du Midi, el sol brillaba con fuerza. El destino, esta vez sí, estaba claro: Carcassonne.

Al poco tiempo de salir de Castelnaudary el camino se hizo más estrecho, y salpicado de piedras y raíces de grandes árboles, lo que nos hizo reducir la velocidad. Además, la ruta dejó de ser tan clara en algunos puntos del camino. El hombre de la Bullitt lo llevaba bastante bien, pero otros ciclistas que iban con remolques tuvieron más dificultades pues la carga les tiraba constantemente. Supongo que los niños sin mucho rodaje también se resienten con el cambio en la vía.

Aún disfrutando de la sombra de los árboles en buena parte de la ruta, llegamos a Carcassonne por la tarde y de buen humor. Nos perdimos un poco buscando el camping pero sin padecer, porque la ciudad es muy agradable, y finalmente llegamos al Pont Vieux, que pasa sobre el río y da a la ciudad antigua, que muchos conocen como el castillo. La vista es simplemente sublime a pesar de la cantidad de turistas, y Amanda y Abril estaban embelesadas.

Llegamos al Camping de la cité de Carcassonne, montamos el campamento, nos duchamos y nos fuimos a visitar la ciudad, ya de noche y con las bicis. El camping está en un lugar inmejorable: al lado de la ciudad antigua y con una ruta de tierra que te lleva hasta ella. Durante casi todo el trayecto tienes a tu izquierda un riachuelo y a tu derecha -elevado en lo alto e iluminado durante la noche-, el castillo con su imponente muralla y sus torres. El espeso follaje de los arboles cubre el camino. El bosque encantado, lo bautizamos con las niñas, aunque las encantadas eran ellas.

En la esquina entre Rue Trivalle y Rue Gustave Nadaud, que es una de las que sube hacia la ciudad, paramos en un sencillo restaurante cuyo nombre no soy capaz de recordar. Yo ya tenía mi plato pensado desde hacia días: la cassoulet, el cocido clásico de la zona. Un amigo llamado David, que conoce bien la región porque tiene muchos familiares por esos lados, me dijo que era uno de los imperdibles del viaje. Yo no temo a las bacanales y me senté en esa mesa sintiendo que me comía al mundo por todo lo rodado, pero ahí estaba poco después, sudando más que sobre la bici al mediodía, ante un impresionante plato de alubias blancas con una pata de pato tostada y un enorme trozo de algún embutido cercano al chorizo en medio. Casi podía ver a David, asomado por una ventanita virtual, riéndose de mí desde Bali mientras él se comía una deliciosa y ligera comida vegana con su linda familia.

Superado, a duras penas, el reto culinario, subimos a la cité luchando por mantener la comida en el estómago a pesar de la cuesta. Nos conformamos con rodear la cité por el interior de la primera muralla, porque era una locura querer pasar con las bicis entre la multitud. Fue una deliciosa experiencia pues hicimos nuestro recorrido con toda la calma, contemplando sus altos muros, sus torres y la ciudad a sus pies.

En aquel viaje del 2002, que mencioné en el primer post de esta serie, ya habíamos pasado por Carcassonne, y debo confesar que Mauricio y yo no guardábamos un recuerdo demasiado bueno del lugar. Nos impresionó la estructura (por algo es considerada por muchos la ciudad amurallada mejor conservada de Europa) pero también nos sorprendió lo turística que era. Después de doce años en Europa supongo que ya estamos bien curados de turistas, y en medio de la noche y con dos pequeñas princesas como compañeras, cada rincón de la ciudad nos pareció un mundo de fantasías. Desde sus ojos gozamos de la aventura de estar en medio de la noche dentro de un verdadero castillo medieval.

La historia sigue pero es todo por hoy. Recuerda que este post es el tercero de una serie sobre el viaje por el canal, así quieres saber cómo siguió la ruta, está atento al blog, que aún quedan cuatro días de viaje. ¿Me sigues? Puedes utilizar el formulario que está al pie, del lado derecho, para recibir las nuevas entradas por e-mail.


Te dejo los enlaces a las otras entradas de esta serie sobre el Canal du Midi:


 

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