Cuarteto en bici por el Canal du Midi

En bici por el canal du midi con niños

Ocho días merodeando el Canal du Midi: dos en coche para ir y volver, uno admirando la cité de Carcassonne y los restantes, en bicicleta. Nuestra gran aventura familiar.

Disculpa la ausencia. Estaba agostando.

A la orilla del canal, la luz se cuela entre hileras de árboles que lo bordean alineados a la perfección. Éstos se reflejan en el agua para duplicar el espectáculo mientras los barcos navegan con toda la calma, o suben y bajan bajo los dictados de esclusas creadas hace más de trescientos años. Puentes de piedra se elevan sobre el agua para ofrecerte vistas de la zona, mientras un túnel vegetal que te cubre durante kilómetros enteros en los que ves pasar a tu lado campos de girasoles, trigo, maíz, olivos, viñedos y pequeños poblados. Así es viajar por el Canal de Midi en bici. Como sumergirte en una pintura al óleo.

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Desde que nació Abril, hace siete años, hemos salido de camping cada verano. Incluyendo el año en el que nació ella y el año en el que nació Amanda, que durmió en una tienda de campaña con menos de dos meses. Pero desde hace siete años teníamos ganas de volver a hacer una buena excursión en bici, ahora familiar: de esas  llamadas cicloturismo. El año pasado quisimos hacer el carrilet de Girona a Sant Feliu de Guíxols (uno de nuestros primeros viajes al llegar a España) pero finalmente no pudimos y este año estábamos pensando que ya nos había llegado la hora cuando comenzaron a hablarnos de la ciclovía del Canal du Midi. En seguida nos atrapó la idea.

Un poco de historia

El Canal du Midi se inauguró nada más y nada menos que en el año 1681 aunque era la materialización de un sueño de los gobernantes de la región desde siglos atrás. Como la navegación era fundamental para el comercio, deseaban disponer de una vía navegable entre el Atlántico y el Mediterráneo, que evitara el uso del estrecho de Gibraltar. Lo que se conoce como El Canal de dos mares (Canal des deux mers) está formada por el Canal de Garonne, que va de Burdeos a Toulouse, y el Canal du Midi, que nace en Toulouse y efectivamente acaba en el Mediterráneo, en Setè.

Al parecer, su llegada coincidió con la llegada de malos tiempos para la región y luego el ferrocarril le arruinó el negocio al canal, de manera que su uso se limitó antiguamente al transporte de pasajeros y de correo. Más de tres siglos después es muy apreciado por los aficionados a deslizarse sin motor sobre dos ruedas (o a veces tres): sus más de 240 kilómetros están bordeados, casi de punta a punta, por caminos planos, arbolados y perfectamente transitables en bici. Por muchos de estas vías paralelas al canal antes transitaban los caballos que tiraban de la carga flotante.

Para los amantes de la navegación (o los que tienen fantasías con este arte, pues no se requieren conocimientos previos) tiene otros encantos y otros obstáculos también: 63 esclusas ayudan a salvar las diferencias de nivel del terreno y actúan como elevadores hidráulicos para los barcos de turismo que lo surcan a velocidad de bostezo. 63 esclusas que son, además de un espectáculo de ingeniería y arte, un lugar agradable, sombreado y más amplio donde hacer un picnic, tal vez reponer agua o tomar un café, e incluso comer. La parada del ciclista cansado, sediento o hambriento.

El viaje en coche hasta Toulouse no es largo, el trayecto es fácil y con la cargo bike Bullitt las niñas viajan comodísimas (¡Gracias Okocicle!). Hay campings en toda la zona, que además son en general mucho más económicos que los de España. Parecía la ruta perfecta para iniciarnos en el cicloturismo familiar y a por ella fuimos, sin más meta que pasarlo bien durante la semana que teníamos de vacaciones.

Día 1. De Barcelona a Toulouse

El sábado 15 por la mañana partimos los cuatro de Barcelona hacia Toulouse con el coche bien cargado. Dos tiendas de campaña, tres sacos de dormir, la súper cargo bikeBullitt de Mauricio y mi mountainbike, algo de comida, la ropa imprescindible. Poco más porque no había espacio en el coche y, sobre todo, no habría espacio en las bicis. Hubiera sido más ecológico subir en tren, que resulta ideal para otros modelos familiares, pero nuestra cargo no hubiera pasado la prueba de los controles. De hecho, valga la advertencia, unos nuevos amigos (que conocimos durante el viaje) tuvieron problemas para subir su remolque, a pesar de que todo estaba desmontado, y no se excedían de las medidas y los pesos establecidos como límite. Al parecer lo resolvieron gracias a su encanto.

Hacía diez años habíamos hecho un recorrido similar, aunque más ligeros, con Cordes sur ciel (hermoso lugar) como destino final y en compañía de otro par de chicas queridas, pero más creciditas que las de ahora. Aquí te dejo una imagen del recuerdo, junto a otra de la reciente partida. (Besos Alejandrina y Shadia, que espero lograr que lean estas líneas nostálgicas).

Con las paradas imprescindibles para comer y estirar las piernas (sobre todo los dos pares de piernas más pequeñas, que son los más exigentes) llegamos a la ciudad cerca de las 6 de la tarde. Sin dejar aún el coche, recorrimos el centro de Toulouse (-¿«mi» louse, mami? -Sí, «tu»-luouse, Amanda), contemplamos las riberas del Garonne, dimos más vueltas de las necesarias por la autopista que rodea a la ciudad y, finalmente, llegamos al camping municipal de Roques-sur-Garonne.

No es el lugar idóneo para esta ruta porque no está muy cerca del canal, pero la verdad es que nos perdimos y era tarde. Pero lo cierto, como es un camping municipal, es muy económico y ya nos sirvió para el sencillo uso que íbamos a darle. Menos de 12 euros para este cuarteto. Ahí pasamos la noche arrullados por el canto del río, del que nos separaban sólo unos pocos metros. Y viene la primera advertencia. Si paras en el mismo lugar, no intentes que nada se seque durante la noche. El rocío empapará cada milímetro de todo lo que quede fuera de la tienda.

Día 2. De Ramonville Saint-Agne a Toulouse, y de Toulouse a Deyme

Por la mañana desayunamos, desmontamos el campamento y nos acercamos con todo el equipo al esperado Canal de Midi, aún con las bicis sobre el techo del coche, por Ramonville Saint-Agne, también muy cerca de Toulouse. Ahí aparcamos el coche y Mauro montó las bicis, mientras las niñas y yo preparábamos una merienda bajo la sombra de un árbol, o nos acercábamos al canal para disfrutar de un abreboca de lo que venía (viene bien viajar con el hombre de EncargoBike).

Era un punto perfecto para contemplar el canal y para deleitarse con barcos llenos de encanto. Ya listos, cerca del mediodía (midi, por cierto) partimos hacia Toulouse, adonde llegamos frescos, arropados por los protectores árboles y casi sin darnos cuenta gracias a la pista, asfaltada en gran parte del trayecto, y de tierra totalmente plana en el resto. El ingeniero que lleva dentro mi compañero de aventuras, quedó impresionado con las esclusas pero, sobre todo, en un punto del camino en el que en canal se eleva en un puente sobre la autopista. «El mundo al revés», como dice Abril. A mí esto último sobre todo me dio cierto «yuyo».

En Toulouse nos conformamos con fluir por sus calles, en las que por cierto abundan los carriles de bici: nos sorprendieron algunos que van en sentido contrario a los coches. pero días después descubriríamos otros similares en otras localidades. A la hora de mas calor nos saltamos la Plaza del Capitolio porque estar bajo el sol era insoportable, pero en cambio caímos en la Plaza de Charles de Gaulle, detrás de ésta, adonde se encuentra la oficina de turismo. Ahí Abril encontró su espectacular fuente a nivel del suelo, con toda suerte de chorros de agua de alturas cambiantes en la que se bañaban muchos niños, y Amanda encontró un tranquilo parque infantil, que realmente estaba de lo más bonito y sombreado. Cada una corrió a disfrutar de su propio hallazgo, a su medida.

Después de esta paradita aprendimos algo importante para el viaje: los horarios franceses son muy distintos a los españoles, y si quieres comer algo más que una pizza o un kebab, tendrás que buscarlo entre 12 del mediodía y 2 de la tarde. Así que paramos a recuperar energías en un restaurante sirio, luego peregrinamos hasta encontrar un súper mercado abierto para comprar provisiones (era domingo, lo que no ayuda), volvimos a bordear el río, regresamos con nuestras bicicletas al Canal du Midi y dijimos adiós a la ciudad.

Como partimos más bien tarde, hicimos pocos kilómetros, tal vez unos quince. Pasamos junto a la calle en la que dejamos nuestro coche, hicimos una parada en un lugar de acampada poco después, que estaba atestado de gente (y carabanas) pero tenía un lindo parque infantil, y seguimos hasta el camping Les violettes, en Deyme, para mí el mejor del viaje.

En realidad fue el primero que nos cruzamos, pues inspirados en otras experiencias (alguna del foro Rodadas), no llevábamos un plan previo. Llegamos pasadas las 8 de la noche porque tuvimos un pinchazo (¡bravo!) y además nos costó conseguir el lugar. En la recepción muy amablemente nos dijeron que ojo con los horarios durante la ruta, porque después de las 7 de la tarde podríamos tener problemas para conseguir un camping. Así que el resto de la ruta corrimos para conseguir un lugar para dormir más temprano.

El camping Les Voilettes es sencillo pero agradable y tranquilo, la encargada es encantadora, y, súper importante para mí, las duchas son cómodas, correctamente separadas por una cortina de un área seca, también privada, adonde te puedes vestir tranquilamente. En el resto de los campings, ducharnos sin mojar la ropa que nos íbamos a poner las niñas y yo era todo un reto (te recomiendo llevar algo que puedas colgar para coger lo necesario tranquilamente). Volviendo a Les violettes, el camping además cuenta con una pequeña tienda y un restaurante, aunque nosotros no usamos ninguno de estos servicios porque comimos legumbres, verduras, frutas y pan que habíamos comprado en Toulousse. Nuestra dieta básica durante la travesía por el Canal du Midi. ¿El precio por una noche? Poco más de 15 euros para nosotros. Presupuesto feliz.

…o agosteando 11

Día 3.  De Deyme a Castelnaudary

El lunes amaneció asoleado aunque muy fresquito, tal como estuvo la noche, y Amanda se despertó un poco constipada: alerta para el equipo. Al salir del camping, después de recoger campamento, cosa que nunca hicimos tan rápido como queríamos, nos conseguimos con un amable mensaje que nos advertía pronóstico de lluvia. Segunda alerta del día.

Sin miedo ni temor, salimos del camping y regresamos al Canal du Midi. Pasamos varias áreas de descanso, generalmente cerca de las esclusas, en las que había agua potable, mesas para comer e incluso algún lavabo. Aún a 38 km de Toulouse nos paramos porque las niñas ya comenzaban a agobiarse, para comer las últimas magdalenas hechas en casa con la receta del pastel de plátano de la tía Adri. Ahí pudimos ver por primera vez una esclusa del canal en funcionamiento, ya que los dos días anteriores las habíamos pasado al medio día y sobre las 5 de la tarde, cuando están cerradas. Era la esclusa de Gardouch, construida en 1670. Asombroso, aunque luego no paramos de verlas.

A pesar de las múltiples paradas, de la llovizna que comenzó pronto y de las temperaturas, que bajaban en lugar de subir (o tal vez porque estos dos últimos motivos nos hicieron ‘ponernos las pilas’), llegamos a buena hora a Castelnaudary, siempre por caminos de tierra en muy bien estado, aunque fue la etapa que más me costó porque yo también me sentía un poco tocada por la bajada de las temperaturas.

¡Oh, qué pena! ¡la fete du cassoulet comenzaba dos días después!

El camping municipal de Castelnaudary queda al otro lado del canal, pero hay que entrar a la ciudad y dar una vuelta para llegar hasta él, lo que acabó de agotarme. Es pequeñito y, a pesar de que eran las 5 de la tarde, ya sólo quedaba una plaza disponible, así que tuvimos suerte. Doble suerte, porque ya otro campista nos había ofrecido que, si llegaba a hacer falta, nos quedáramos junto a su tienda pues tenía espacio de sobras. Por cierto, este espíritu de colaboración nos acompañó durante toda la ruta.

Antes del anochecer y de que cerraran las tiendas, Mauricio se fue a reforzar provisiones. Pronto descubrió que en muchos supermercados de Francia es posible conseguir productos orgánicos a precios iguales o incluso menores que los de España. De cualquier modo, tampoco fuimos muy exigentes sino que en general apostamos por la comida simple, sencilla y en lo posible local. En esta excursión se cruzó con una pareja, Lucía y Flavio, que habíamos conocido ese mismo día por el camino. Estaban tan tranquilos tomando café con otros viajeros, así que les invitó a acampar en nuestra plaza, tal como nos habían ofrecido a nosotros poco antes, y los recibimos con mucho gusto. Si te animas a hacer esta ruta, toma en cuenta los horarios y ten presente también que justo al lado del canal hay una amplísima área de césped en la que muchos acampan libremente al final del día. Y apostaría que la mayoría también utiliza los servicios del camping sin problemas.

Día 4.  De Castelnaudary a Carcassonne

Por la mañana subimos al casco histórico de la ciudad y, siguiendo los consejos de una caminante, llegamos hasta el Molin de Cugarel, un hermoso molino del siglo XVII, que está en un espectacular mirador en la parte más alta de la ciudad. Lo conseguimos abierto, y Amanda y yo no perdimos la oportunidad de subir a ver toda su maquinaria, que algún día sirvió para moler cereales.

Después de dar una vuelta a la ciudad, compramos un hermoso pan y nuestros primeros croissants (pequeños pecados de un agosto a la francesa). El mal tiempo parecía haberse esfumado y cuando partimos de nuevo hacia el Canal du Midi, el sol brillaba con fuerza. El destino, esta vez sí, estaba claro: Carcassonne.

Al poco tiempo de salir de Castelnaudary el camino se hizo más estrecho, y salpicado de piedras y raíces de grandes árboles, lo que nos hizo reducir la velocidad. Además, la ruta dejó de ser tan clara en algunos puntos del camino. El hombre de la Bullitt lo llevaba bastante bien, pero otros ciclistas que iban con remolques tuvieron más dificultades pues la carga les tiraba constantemente. Supongo que los niños sin mucho rodaje también se resienten con el cambio en la vía.

Aún disfrutando de la sombra de los árboles en buena parte de la ruta, llegamos a Carcassonne por la tarde y de buen humor. Nos perdimos un poco buscando el camping pero sin padecer, porque la ciudad es muy agradable, y finalmente llegamos al Pont Vieux, que pasa sobre el río y da a la ciudad antigua, que muchos conocen como el castillo. La vista es simplemente sublime a pesar de la cantidad de turistas, y Amanda y Abril estaban embelesadas.

Llegamos al Camping de la cité de Carcassonne, montamos el campamento, nos duchamos y nos fuimos a visitar la ciudad, ya de noche y con las bicis. El camping está en un lugar inmejorable: al lado de la ciudad antigua y con una ruta de tierra que te lleva hasta ella. Durante casi todo el trayecto tienes a tu izquierda un riachuelo y a tu derecha -elevado en lo alto e iluminado durante la noche-, el castillo con su imponente muralla y sus torres. El espeso follaje de los arboles cubre el camino. El bosque encantado, lo bautizamos con las niñas, aunque las encantadas eran ellas.

En la esquina entre Rue Trivalle y Rue Gustave Nadaud, que es una de las que sube hacia la ciudad, paramos en un sencillo restaurante cuyo nombre no soy capaz de recordar. Yo ya tenía mi plato pensado desde hacia días: la cassoulet, el cocido clásico de la zona. Un amigo llamado David, que conoce bien la región porque tiene muchos familiares por esos lados, me dijo que era uno de los imperdibles del viaje. Yo no temo a las bacanales y me senté en esa mesa sintiendo que me comía al mundo por todo lo rodado, pero ahí estaba poco después, sudando más que sobre la bici al mediodía, ante un impresionante plato de alubias blancas con una pata de pato tostada y un enorme trozo de algún embutido cercano al chorizo en medio. Casi podía ver a David, asomado por una ventanita virtual, riéndose de mí desde Bali mientras él se comía una deliciosa y ligera comida vegana con su linda familia.

Superado, a duras penas, el reto culinario, subimos a la cité luchando por mantener la comida en el estómago a pesar de la cuesta. Nos conformamos con rodear la cité por el interior de la primera muralla, porque era una locura querer pasar con las bicis entre la multitud. Fue una deliciosa experiencia pues hicimos nuestro recorrido con toda la calma, contemplando sus altos muros, sus torres y la ciudad a sus pies.

En aquel viaje del 2002, que mencioné en el primer post de esta serie, ya habíamos pasado por Carcassonne, y debo confesar que Mauricio y yo no guardábamos un recuerdo demasiado bueno del lugar. Nos impresionó la estructura (por algo es considerada por muchos la ciudad